Ahora sé que él era el origen y el fin de aquel derrumbamiento, y ya no me avergüenza reconocerlo, no me siento débil, ni blanda, ni tonta por ello. Tardé años en comprender que con él había perdido mucho más que su cuerpo, más que su voz y su nombre, más que sus palabras. Con él se había disuelto una de mis vidas posibles, la única entonces, la única que yo había sido capaz de elegir libremente hasta entonces y por ella, por esa vida que ya nunca sería, guardaba yo aquel luto sombrío y manso, el patético destierro en una isla con respaldo y cuatro patas, tan confortable como un minúsculo calabozo de muros mohosos, húmedos y fríos, sobre cuya ventana un compasivo carcelero me hubiera consentido colocar unas alegres cortinas floreadas.