Cuando me desperté, a la mañana siguiente, me percibí a mí misma como un gigantesco espacio en blanco. Sentí, con una nitidez desconocida, que mis dedos estaban huecos, y hueca mi cabeza, y mis huesos, hueco mi cerebro, la arrugada y resbaladiza membrana que no escondía nada, apenas un hueco más. Salí de la habitación como si me hubieran dado cuerda, y con la misma ilusión de una existencia mecánica, comí y bebí, preguntándome en qué remoto y familiar vacío se acumularían las tazas de café con leche, las tostadas que habían desaparecido entre mis labios. No podía sentirme mal porque ni siquiera me sentía. Durante mucho tiempo viví en tierra de nadie, una delgada línea fronteriza entre la existencia y la nada. Todo a mi alrededor se movía y se expresaba, las personas, los objetos, los acontecimientos, el sol y la luna, todo partía de un punto y llegaba a otro, todo respiraba, todo existía, excepto yo, que no dudaba de nada salvo de mí. Los demás parecían andar de verdad, hablar de verdad, reírse o gritar o correr de verdad, pero eran ellos, los otros, quienes soportaban por completo el peso, la responsabilidad de la realidad.