Nadie llegó a descubrir cómo me sentía. Todos se dejaron embaucar por mi apetito, por mi tranquilidad, por la aparentemente plácida regularidad de unas acciones que apenas indujeron a sospechar un remansamiento natural, la temprana aplicación de la ley adulta. Porque yo ponía el despertador todas las noches y me levantaba todas las mañanas, me duchaba y me vestía, desayunaba y cogía el autobús, entraba en clase y me sentaba en una silla. Vivía lo justo para sentarme en una silla. A partir de ahí, todo lo que dijera, todo lo que pensara, lo que opinara y lo que me sucediera no eran más que puro azar.