“No creo que haya habido nunca nadie en el mundo, nadie, que haya estado más enamorado que yo. Igual sí, seguramente mucha gente, pero más no, y otra vez estoy hablando en serio. Eso ya fue un bien tremendo, los dos sabíamos que lo nuestro, en el fondo, era un lujo, que la gente no se suele enamorar así, sin reservas, sin dudas, sin que haga falta echarle voluntad, retrasando cada noche el propio sueño para dar ventaja al sueño del otro, sólo para mirarle y verle dormir a nuestro lado. A veces discutíamos qué pasaría si uno de los dos se enamoraba de un tercero, o si se desenamoraba del otro de repente, el amor no es eterno, y nosotros contábamos con ello, sabíamos que podía pasar, hicimos una especie de pacto y prometimos que, cambiara lo que cambiara, ninguno de los dos sería mezquino, ni ruin ni desagradable con el otro. Pero nunca cambió nada, durante once años seguidos, nada. Yo esperaba la catástrofe todos los días porque me parecía demasiado bueno para mí, y si pasaban más de tres días sin que me aplastara contra una pared por sorpresa, aunque hubiera gente mirando, me echaba a temblar, y sin embargo, ese tercer día no llegaba nunca, y todo era fácil, fácil y delicioso, como si estuviéramos jugando a vivir así, en serio.”