Por la mañana, al despertarme, no me acordaba de que me había dejado.
Recuerdo que abrí los ojos y los dirigí hacia mi izquierda, para comprobar de un solo vistazo que eran las diez menos cuarto y que la cama estaba vacía. Entonces me levanté, abrí las contraventanas y comprobé que hacía un día espléndido. Sólo entonces recordé, y me llevé las manos a la cintura para sujetarla con fuerza antes de doblarme completamente hacia delante. Estuve así, cabeza abajo, más de diez minutos. Luego, mientras notaba cómo la sangre descendía lentamente para crear la ilusión de que mi cara ardía, me senté en una esquina de la cama.
Decidí que lo que había pasado no podía ser verdad. Nunca habría elegido espontáneamente esa horrible fórmula para abandonarme, porque era demasiado artificial, demasiado elaborada, injusta y asquerosa. Yo no me la merecía, nunca había hecho nada para merecer palabras como aquellas, y él no podía haberlas dicho en serio porque yo le amaba, y no podía haber derrochado tan tontamente mi amor. Tenía que haber algo más, eso era lo único que me importaba, porque para llorar siempre había tiempo. Tenía una vida entera para llorar.